lunes, junio 1, 2026
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Sebastián, un artista de mi pueblo

Por Daniel Centeno

En los pueblos, el talento suele crecer lejos de los reflectores. No siempre hay galerías, ni academias formales, ni espacios permanentes para mostrar el arte. Aun así, hay quienes persisten. Sebastián es uno de ellos. Su historia no se construye desde el ruido, sino desde la constancia: desde el aula, desde el dibujo diario y desde una vocación que se fue afirmando con los años.

Sebastián inició su formación académica en espacios que forman parte de la memoria colectiva de El Palmar. Él mismo recuerda que “cursé mis estudios de primaria en la escuela antiguamente conocida como Las Cuatro Casas, actualmente denominada Isaura de Soto”, y que completó la educación media general en el “Liceo José Eugenio Sánchez Afanador”. No son solo datos: son los primeros escenarios donde comenzó a manifestarse su inclinación artística.

Hoy, su camino no se limita al dibujo. Sebastián se está formando como educador en Educación Primaria en la UPEL, una decisión que nace directamente de su práctica cotidiana. Como él mismo explica, esta motivación surge de su labor como docente en un colegio del municipio El Palmar, “donde estoy impartiendo clases”. Ese cruce entre arte y educación no es casual: define su manera de crear y de entender su rol dentro de la comunidad.

Al hablar de sus logros, Sebastián no menciona premios ni reconocimientos formales. Habla, en cambio, de procesos. De maestros. De personas. Al recordar su infancia, afirma con claridad que “los maestros que marcaron mi infancia fueron los de mi educación primaria”, y nombra a la profesora Colina, a la profesora Neila, a la profesora Osmery —a quien hoy, de forma casi simbólica, le da clases a sus hijas— y a las profesoras Marisol y María Graciela. Ese acompañamiento temprano fue decisivo.

El dibujo apareció muy pronto en su vida. Sebastián comenzó a dibujar desde preescolar. Sus profesoras Neila y Osmery notaron su potencial y lo alentaron. Él recuerda que la profesora Neila “se dio cuenta de mi gran pasión por el dibujo desde muy pequeño”, y que la profesora Osmery, ya en primer grado, “identificó mi constante práctica y mi talento”. A ambas les agradece profundamente porque, como dice, “nunca desestimaron mis habilidades, sino que fomentaron mi formación como artista y educador, sin descuidar los otros ámbitos”.

Uno de los hitos más claros de su trayectoria ocurre en el año 2011, cuando decide adentrarse de lleno en el retrato realista. Fue entonces cuando, inspirado en videos de YouTube, comenzó una práctica constante que mantiene hasta la actualidad. Ese proceso, sostenido en el tiempo, habla de disciplina y compromiso. A esa formación autodidacta se sumaron espacios de aprendizaje artístico como la Academia Oliver, que contribuyeron a fortalecer su técnica y ampliar su visión.

Cuando le pregunté cómo describe su trabajo artístico, Sebastián fue enfático en marcar una diferencia conceptual. Para él, el arte no encaja del todo en la idea tradicional de oficio. En sus palabras: “No me gusta utilizar el término ‘trabajo’ para describir mi arte, porque hay una frase muy famosa que dice: ‘Ama tu trabajo y no tendrás que trabajar nunca’”. Por eso aclara que no lo ve “como una profesión, sino como una vocación, un impulso y un motor hermoso para seguir creando grandes obras”.

Esa visión se refleja en lo que hace hoy. Actualmente, Sebastián se desempeña como instructor de arte y dibujo en el colegio de su localidad. Sus clases abarcan desde preescolar hasta cuarto año, cubriendo primaria y secundaria. Sin embargo, vuelve a insistir en que no le agrada llamarlo “trabajo”, porque lo que hace es su pasión. Fuera del aula, continúa produciendo retratos, pancartas, dibujos y láminas, manteniendo una actividad creativa constante.

Hablar de logros en su caso implica también hablar de esfuerzo. Sebastián reconoce sentirse afortunado por no haber tenido que dedicarse a labores físicas extremadamente pesadas, pero es honesto al decir que el camino no ha sido fácil. Él mismo señala que han sido años de dedicación, que incluso su columna se ha visto afectada, y que aun así persevera y refuerza constantemente lo que hace, considerando esta labor como su mayor realización.

Su mirada no se queda en lo personal. Cuando se le pregunta por la movida cultural en El Palmar, su diagnóstico es crítico. Considera que está “bastante degradada”, que casi no se realizan exposiciones y que hay que esperar fiestas patronales o ferias agropecuarias para mostrar el arte, pese a que existe demasiado talento en la zona. Siente que no se están impulsando los rubros culturales y que muchos talentos permanecen ocultos, como el suyo lo estuvo durante un tiempo.

Desde su experiencia como profesor de arte, Sebastián ha visto de cerca capacidades extraordinarias en niños y jóvenes, incluso en estudiantes con autismo y TDAH, quienes han demostrado una gran habilidad para realizar obras de alto nivel. Sin embargo, percibe una falta de apoyo estructural y de espacios que acompañen ese potencial.

Por eso, cuando se le pregunta qué hace falta para fortalecer a las nuevas generaciones en las artes plásticas, su respuesta es clara: la creación de una Casa de la Cultura en el municipio. Para él, es imprescindible contar con un centro donde se pueda mostrar el arte, las manualidades, las pinturas, los dibujos de los jóvenes, e incluso otras expresiones como la repostería. Sebastián cree firmemente que el arte, al igual que la actividad física, solo trae beneficios para la vida y que estos espacios pueden evitar que muchos jóvenes tomen caminos negativos.

La historia de Sebastián es la de un artista que no mide sus logros solo en reconocimientos, sino en continuidad, en impacto y en coherencia. Un creador que entiende el arte como vocación, la educación como responsabilidad y la cultura como una deuda pendiente con su pueblo.

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